Más allá de la belleza del paisaje, esta ruta jacobea tiene sus propios aromas que emergen de sus gran variedad de especies vegetales, otra de sus singularidades
El Camino de Invierno, la ruta jacobea conocida por ser el único que atraviesa las cuatro provincias de Galicia y por ser la menos masificada —aunque ahora cada vez más elegida dejando atrás esa soledad— es profundamente verde y sensorial. Entra por la vista, su bello paisaje, la huella que deja en los peregrinos, como ellos mismos han manifestado en múltiples ocasiones. Pero más allá de su belleza encierra una espectacular y «desconocida» botánica gracias a su variedad de microclimas (mediterráneo, atlántico, continental y de montaña) que dan vida a bosques extraordinarios.
La ruta tiene sus propios aromas, esencias de la naturaleza viva que irrumpen en el olfato a cada paso, ráfagas de fragancias sutiles a tierra mojada, a hojarasca, a plantas, a lavanda, a flores, a incontables especies vegetales que no siempre se perciben de forma consciente, formando parte de esa gran energía «sanadora» que infunde bienestar emocional en los peregrinos.
Más allá de los kilómetros, del esfuerzo físico y de las estampas que ofrece, el Camino de Invierno revive el cuerpo y alma a través de los sentidos.

A lo largo del Camino de Invierno brota el dulce perfume del «toxo» (tojo), con su floración dorada, una planta que desprende un aroma casi achocolatado y con matices de coco; el olor a hierbas aromáticas como el romero, el tomillo y la menta silvestre, que en los tramos más soleados liberan sus aceites esenciales, incluso si son rozados por las botas o mochilas, actuando como un tonificante natural.
La frescura de castaños, robles («carballos»), laureles y encinas, principalmente en contacto con la humedad, desprenden su propio perfume. Gran parte del «milagro» botánico ocurre sin que el peregrino se dé cuenta, pero hay una física y química del paisaje que está ahí y que hemos podido comprobar en nuestro recorrido por distintos tramos del Camino.

Los «fitoncidas» del bosque hacen su función. Los árboles (especialmente pinos, robles y castaños) emiten compuestos orgánicos volátiles para protegerse de bacterias e insectos. Al respirar este aire puro, el cuerpo humano reduce de forma automática los niveles de cortisol (la hormona del estrés). Es una «medicina» o bálsamo invisible que aporta ese oxígeno, paz y energía propia de la naturaleza que también define a este camino.
El Camino de Invierno, además, está envuelto en la paleta cromática de la calma. El color verde del paisaje produce un efecto de descanso visual.

Un «jardín» vivo entre historia y alma, un baño de bosque
En las entrañas del Camino de Invierno conviven bosques pero también viñedos, símbolo de la arquitectura viva y paciencia de la tierra y auténticas galerías de río con vegetación de ribera (alisos, sauces o fresnos), que filtran la luz y favorecen esa instrospección inherente al Camino.
Esta red vegetal convierte el viaje en una reconexión biológica: el peregrino entra cargado con el ruido de la rutina urbana y, paso a paso, su biología se va sintonizando con la frecuencia de la naturaleza.
Una guía con las plantas del Camino: El botiquín verde del Camino
Consciente de esta riqueza botánica de esta ruta jacobea, la Asociación del Camino de Invierno en Valdeorras (a través de la Federación gallega), prepara una guía que verá la luz este año que recogerá esa esencia botánica del Camino y que pondrá a disposición de peregrinos.
Su presidenta, Asunción Arias, conocedora en profundidad de la vegetación e incluso propiedades medicinales afirma que cada tramo del Camino tiene una gran biodiversidad que constituyen un auténtico «baño de bosque» y gran energía.

Cita el «carballo», «que es sumamente telúrico»; el cardo mariano, que cuenta con una preciosa flor violeta y aroma característico. «Tiene propiedades desintoxicantes», expresa.

Y también las plantas como el orégano, empleado a nivel culinario que «es antibiótico y antiparasitario»; el tomillo, «un antinflamatorio natural»; lavanda, mielenrama, «utilizada en la antigüedad para calmar dolores, ayudar a la digestión y curar heridas y que está en proceso de extinción», dice Asunción Arias.

Pero también hay diente de león, la primitiva lechuga; la bolsa de pastor y la verbena, «que la empleaban las legiones romanas para poner en las sandalias para que no se hicieran ampollas en los pies», relata como curiosidad.
También abundan las bayas como moras, arándanos y un sinfin de especies que, por fin, tendrán su guía.
Cada estación aporta un regalo para el olfato porque el Camino de Ivierno. Aquello invisible a los ojos, pero extremadamente sensorial, suma y mucho esta ruta jacobea.
Más información sobre el Camino de Invierno en https://www.turismo.gal/inicio
